Sin prisa, pero sin pausa, avanzo en mi proyecto fotográfico "Arrabales" en el que llevo enfrascado algo más de cuatro años y que va alcanzando una satisfactoria consistencia.
No tardaré en darle forma.
Otra cosa es darle salida.
Sin prisa, pero sin pausa, avanzo en mi proyecto fotográfico "Arrabales" en el que llevo enfrascado algo más de cuatro años y que va alcanzando una satisfactoria consistencia.
No tardaré en darle forma.
Otra cosa es darle salida.
Espacios consagrados a mayor gloria de ediles ansiosos de perpetuidad que aprovechan las dádivas que generosamente riegan su adhesión a la ecología de salón y a la tan cansinamente cacareada sostenibilidad. Decorados, muchos de ellos, con el tufillo de la deficiente conservación, del abandono y de la decadencia. Adorados, no obstante, por hordas de vociferantes domingueros de los de tortilla y nevera que los hacen intransitables, un fin de semana sí y al otro también.
Rincones seductores pocos quedan, pero haberlos, haylos.
la que testimonian los restos que, carentes de valor material, evocan la vida de todos aquellos que allí habitaron. Algo de su alma siempre queda. Será por eso que percibo en estos lugares una elevada carga emocional y eso explica, en cierto modo, mi obsesión por capturar su imagen, por inmortalizarlos.
Y cinco años después, que realmente son cuatro porque en la pasada edición apenas participé, clasifico primero en la modalidad de blanco y negro en el concurso social de la RSF correspondiente al presente mes. La sutileza de la luz invernal, sobre los campos que rodean la actividad industrial del sur de Madrid, dota a la imagen de una elegante suavidad en la transición de tonos, por otra parte magníficamente reproducidos por el papel elegido para su presentación. Apuesta un tanto arriesgada porque su lectura requería algo de tiempo. Afortunadamente el jurado se lo tomó, lo que en los tiempos que corren es muy de agradecer. No va nada mal este curso. A disfrutarlo y a seguir.
Arrinconados en lugares decadentes e insalubres. Sin mayor horizonte que sobrevivir. Día tras día. Sin ilusión, sin esperanza. Besando los pies de nuestros carceleros. Aceptando sus limosnas. Pisoteados, humillados y esclavizados. Seres indignos. Para nada humanos. Ignorantes nos quieren. Apenas conscientes de la situación. Aceptando lo inaceptable. El triunfo de la necedad. La derrota del intelecto. El fin de la civilización. Su objetivo. Casi alcanzado. Les falta rematar. Hacerlo irreversible. En ello están. En impedirlo, estamos. Larga será la lucha. Desiguales las fuerzas. Incierto el final.
Si consiguen aislarnos, vencerán. De estar comunicados, de tejer redes, de objetivos comunes, de avivar la llama, depende la victoria. Hay que moverse. No hay que dormirse. No dejemos de hablar, ni de pensar. No dejemos de saltar vallas, ni de porfiar. Menos, pero más motivados. Pocos, pero cargados de razón. Juntos, seguro que podemos. A moverse, a comunicarse, a luchar y, tal vez, a triunfar.
Siempre hay luz al final del túnel. La vida. Anhelo de luz en medio de la oscuridad. Un perseguir sin alcanzar. Una lucha desigual. Una cuestión de fe. Un no te rindas. Un objetivo. Una batalla perdida. La oscuridad, tampoco está mal. Tiene su aquel. El disfrute del momento. Pero, el orgullo. Seguir. Luchar. Sin desfallecer. No hay lugar para la resignación. Y si sobreviene la derrota, elevar el mentón. El intento. Un valor. Dignidad. Honor. Y al final, tarde ya, la luz. La otra luz. Lo quieras o no. Algo, tal vez, quedará.
Ayer lunes comenzó, en la sección de opinión del diario El País, la publicación de seis fotografías pertenecientes a mi trabajo "Arrabales" en el que llevo ya unos años trabajando. Proyecto éste que todavía me tendrá ocupado un tiempo ya que a pesar de lo mucho hecho es más lo que me queda por hacer.
En la versión en papel del citado periódico saldrá publicada
una fotografía al día de lunes a sábado.
En la versión digital ya se pueden ver todas desde el mismo lunes.
Siempre es un placer y un estímulo ver reconocido el trabajo realizado. Sin duda servirá para continuar con renovadas fuerzas.
Uno no sabe para donde tirar. Varias alternativas, ninguna apetecible, se nos muestran como posibilidad. Ninguna será del todo buena, pero hay que elegir. Quedarse quieto y conformarse no es opción. En la encrucijada no hay más que mierda. A la vista está.
Tierras yermas y aisladas, por el avance imparable de los cada vez más intrincados nudos de comunicación que rodean las grandes ciudades, muestran cicatrices de algunas de las actividades marginales que en ellas se practican.
En el arrabal también tenemos montañas. De chatarra, pero montañas al fin y al cabo. Si entrecerramos los ojos y le echamos imaginación, quizá creamos estar contemplando grandiosos paisajes, esos cuyo disfrute nos ha sido vedado. Tiempos de desigualdad. Habrá que acostumbrarse. Habrá que resignarse. O no.